"Normal, es el que es como yo"
sábado 24 de enero de 2009
La realidad de la discapacidad, no se trata como un tema cotidiano, natural. Puede ser porque todos buscamos de una manera u otra la normalidad y vemos que en las personas que sufren algún que otro tipo de discapacidad “no lo son”. ¿Pero buscamos la normalidad o quizás la perfección? Si buscamos la normalidad, ¿qué es lo normal? Y si buscamos la perfección, a parte que estaríamos buscando en vano, ¿qué sería lo perfecto?
La gente que es normal es aquella que, en general, se parece a nosotros, y bajo esta esta visión, predomina un egocentrismo bastante acentuado. Para hablar de normalidad, debemos especificar y ampararnos en cuatro variables: estadística, psicológica, social o jurídica.
Las barreras arquitectónicas resultan ser otro problema o asunto que empezara a modificar en las sociedades. Éstas impiden la vida cotidiana o no permiten la facilidad para vivir de una persona con alguna discapacidad, pues, al igual que para los zurdos, el mundo está hecho para los diestros. Además, la sociedad responde ante esto de fachada: empatiza poco. Si una persona con problemas de movilidad articular tiene problemas para abrir unos grifos que se han hecho pensando en personas con movilidad, se focaliza el problema en aquélla y se considera que no sabe y que debe aprender a adaptarse a lo que es común de todos y no al revés.
Además, la sociedad adopta una postura bastante paterno-filial con respecto a personas con alguna discapacidad. Con nuestros actos caritativos originados por la lástima, la tristeza o la pena, damos sin pensar que el crecimiento y la maduración y el sentimiento de capacidad para hacer algo residen en todas las personas, tanto en las que tienen un ojo como en las que tienen dos. Se crea una masa dependiente que no beneficia en absoluto pues, de esta manera, es cuando realmente ayuda a cultivarse una invalidez y una pasividad notable.
¿Y, qué tal si empezamos a ver que detrás de los ojos que ya no ven, que encima de la silla de ruedas, que escondido tras los sonidos guturales de un niño, que al lado del oído que ya no puede escuchar… habitan personas? Que nos daríamos cuenta de que todos somos normales.
Cuando nos relacionamos con nuestro entorno, con nuestros amigos, con nuestros padres, nuestra pareja, nuestros hijos o nuestros compañeros de trabajo, a menudo esperamos de ellos unas actitudes determinadas y nos formamos unas expectativas claras que esperamos que cumplan. Y así se lo transmitimos. Les comunicamos en situaciones cotidianas las esperanzas que depositamos y tenemos sobre ellos que, muy probablemente, se conviertan en realidad. Y con el ámbito de la discapacidad, ocurre lo mismo.
En una persona con ceguera se ponen unas expectativas, en una persona con disfuncionalidad cognitiva se ponen otras, en la persona con inmovilidad motriz de caderas hacia abajo ponemos otras. Además, la etiqueta social, guarda un mensaje claro en una persona son discapacidad: “No tengo, solamente soy”. Es decir, no tengo ceguera, soy ciego. En estos momentos, rebajamos toda la complejidad de un sujeto a una situación; esto es, convertimos a toda una persona en una parte que la caracteriza, una pequeña característica pasa a ser la persona entera.
Estas expectativas no hacen su recorrido en el día a día en solitario, siempre van acompañadas de sentimientos y sensaciones que, posteriormente, guiarán la conducta humana. Sabiendo que la cómoda tendencia natural del humano es sentir y luego guiar su comportamiento, una persona que sienta lástima o repulsión ante una situación de discapacidad, probablemente, se comporte acorde a sus sentimientos. Este es el nido donde se cultivan los prejuicios yestereotipos nocivos, a raíz de conductas guiadas por sentimientos negativos. Ya, la etiqueta, no es un simple nombre inocente para denominar una situación; la etiqueta es ahora un nombre acompañado de sensaciones o sentimientos perniciosos que guiarán las actitudes de aquellos que lo sienten, y actuarán en consecuencia, transmitiendo a la persona con ceguera su disgusto o su lástima.
Este comportamiento manifiesta una actitud negativa, de reproche, de insatisfacción, de desmotivación, e incluso de ataque. El emisor transmite que no está a gusto con el otro, que algo de su situación personal le molesta, que puede llegar a irritarle, que le sanciona o le juzga. Y el receptor, ante esto, reacciona de diversas formas. Pero todas ellas negativas. Se puede sentir dolido, triste, desmotivado, atacado, herido, injustamente tratado e irrespetado. El receptor corre el peligro de acabar creyéndose lo que el emisor le transmite, sobre todo, si este último representa una figura digna de admiración y respeto. Por tanto, es preciso mantenernos alerta y tener cuidado en nuestras ideas y nuestras relaciones sociales pues, sin quererlo, podemos estar dañando una de las zonas más delicadas y vitales del ámbito afectivo y del campo emocional del ser humano: la dignidad.
Parece que las personas no somos conscientes de que la situación de discapacidad es una realidad accidental e inevitable frente a la que todos somos vulnerables. La naturaleza se manifiesta de diversas formas biológicas, y la fragilidad física del cuerpo humano, ante una circunstancia, puede derivar en un cambio fisiológico o anatómico al que nos tengamos queadaptar. De esta manera, al igual que en otros círculos vitales, se producen cambios fisiológicos en nuestras vidas con los que debemos ir avanzando.
La naturaleza nos puede dotar sin globos oculares, pero como buena madre que es, nos otorga a cambio un gran sentido del olfato o del tacto. El ser humano, percibe situaciones de discapacidadcomo acontecimientos catastróficos y caóticos a los que sólo podemos dar respuesta con lástima o con repulsión, llegando a darse situaciones de exclusión social. No vemos este tema como unaspecto natural que sucede de manera innata desde el nacimiento o de manera accidental debido a la fragilidad de la composición física y química del cuerpo. La mayoría los percibimos como una faena, una situación lamentable en la que nunca desearíamos estar envueltos. Pero en realidad, todo tiene doble cara:
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Discapacidad: una realidad de todos
NOTA: Agradezco el material didáctico ofrecido por Natxo Martínez, profesor mío en materia de Discapacidad e Inserción Sociolaboral de la Universidad de Deusto. Pero, sobre todo, por su excelente dedicación y su creencia firme en todo lo aquí expuesto. Un profesor que ha conseguido que abramos los ojos y contemplemos otras perspectivas encaminadas hacia el desarrollo, la evolución y la felicidad de las personas.

La discapacidad, desde sus inicios históricos, se ha achacado a cuestiones personales adoptando una postura egocéntrica hacia el individuo, es decir, focalizando la responsabilidad en el propio sujeto. Lo que tradicionalmente se ha entendido como problema individual, en realidad tiene una influencia social mayor, el entorno en el que habita el sujeto afecta de sobremanera al sentimiento y a la realidad de discapacidad. Se trata de una problemática social, ya que cada sociedad crea, a través de barreras o expectativas, a sus propios discapacitados. En definitiva, el yo se aparca para dejar paso a un nosotros, a una comunidad, a un colectivo. Éste es el auténtico factor clave para la discapacidad y su visión en los nichos ecológicos de sus habitantes pues, nuestras actitudes, nuestros valores, nuestros pensamientos, nuestras habilidades, nuestras relaciones, y nuestras emociones son una potente y la principal herramienta para construir o destruir una realidad.
1. La discapacidad y nosotros: pensamientos y etiquetas
El ser humano, desde los primeros años de vida, está preparado cognitivamente para llevar a cabo la clasificación de elementos como un componente más que conforma su aprendizaje. De esta manera, clasificamos por colores, por forma, por tamaño, etc. Pero hay un aspecto inevitable en nuestras vidas que también entra dentro de este proceso y es que, la discapacidad, resulta estar influenciada por este fenómeno natural de poner nombre a todo lo que rodea al ser humano.
Pero, la forma en que el entorno, es decir, nosotros, nos posicionamos frente a la discapacidad a través de identificaciones, construye la realidad social. Este proceso de identificación, en su esencia, no consiste nada más que en nombrar cada situación, cada característica, cada aspecto, cada objeto o cada síntoma que permita reconocerlos y darles la respuesta óptima. En el mundo de la medicina, esto está perfectamente arraigado, pues el profesional necesita saber o poner un nombre para identificar una situación y actuar en consecuencia. Es una etiquetación objetiva, que permite saber a qué nos estamos enfrentando; y una etiquetación universal, que el nombre sea común a todas las culturas occidentales.
Esto es, partimos desde un principio en definir etiquetaje como un proceso formal de identificación por el cual a una persona se le atribuyen unas características personales consideradas como problemáticas que le distinguen de otras personas y que llevan asociadas determinadas prácticas médicas y sociales. Por tanto, bajo este prisma objetivo, las etiquetas tienen sus beneficios, pues ayudan a formar estrategias educativas para adaptarse determinadas demandas, permiten a los profesionales a comunicarse entre sí, sirven para generar grupos de apoyo, o pueden ayudar a hacer visibles las necesidades especiales a la opinión pública.
Sin embargo, el proceso de etiquetaje, también tiene su lado perverso. Desde la discapacidad, ha sido un tema que ha recibido bastantes críticas. En el momento de considerar sujetos especiales y adoptar, en consecuencia, programas educativos especiales, se ha descubierto y remarcado quiénes son esos sujetos especiales, qué características tienen, qué necesidades requieren o qué tratamientos necesitan. Al igual que encontramos beneficios, también existen desventajas: generalizan, generan bajas expectativas, resaltan déficits, no dan información útil para intervenir educativamente, contribuyen a una autoimagen negativa de las personas, se utilizan como excusa para excluir, y sugieren que son un problema individual e interno.
2. Evolución histórica de las actitudes y respuestas a las personas con discapacidad

Durante el primer periodo histórico que engloba todas aquellas etapas hasta el siglo XVIII, se da una situación que hoy calificaríamos desde nuestro ámbito socioeducativo de errónea e inhumana. Se trata de pasar del rechazo o la eliminación de individuos a su encierro y aislamiento. En la Roma antigua o en la sociedad griega, aquellos que no cumplían con unos requisitos físicos que garantizaran la posibilidad de formarse como soldados, eran automáticamente tachados de no válidos llevando a cabo procesos de eliminación o de abandono. En el período de la Edad Media tampoco varió mucho la concepción anterior, ya que la visión y la postura ante personas con ciertas diversidades funcionales, era de rechazo o temor (lepra, tullidos). En el Renacimiento, en cambio, la concepción de personas con discapacidad varió cierto grado que, a pesar de no acertar con el mejor parecer, al menos podían ser beneficiarios de ayudas caritativas y de defensa. Esto se daba, precisamente, porque se empezó a considerar a las personas con discapacidad como foco de caridad, es decir, objetos de pena y lástima, y de sujetos inocentes. Pero esta idea, que podía haber avanzado hacia puertos más educativos que sirvieran para el desarrollo o el progreso en materia socioeducativa de discapacidad, no sólo cesó sino que sufrió un atraso moral y ético: el gran encierro de personas durante los siglos XVII y XVIII. Esta medida fue intensamente desproporcionada y altamente cruel. La segregación estaba masificada e indiscriminada sin criterios de internamiento y ningún código ético humano, de manera que las instituciones de internamiento estaban repletas de usuarios conglutinados en un solo recinto. A la hora de internar a los individuos no se seguían tampoco normas de selección, los colectivos estaban indiferenciados; no prevalecía el bienestar del sujeto, se debía encerrarle, aislarle donde fuese y con quien fuese con tal de que no estuviera en la calle. Y, por último, todo ello bajo un objetivo: preservar a la sociedad de un posible e hipotético daño.
Sin embargo, durante los siglos XVIII y XIX, aparece un ápice de esperanza y de cambio positivo en el mundo de la discapacidad. Brotan las primeras respuestas educativas. Empiezan a aparecer entidades y figuras intelectuales médicas dentro del campo sanitario que proponen comenzar con trabajos educativos dirigidos a personas con diversidad funcional. Este paso fue un pequeño paso hacia delante y permitió trabajos orientados a personas con sordera (Escuelas para Sordos de L`Epée), a sujetos con ceguera (Instituto de Jóvenes Ciegos con la escritura en relieve de Häuy y Asilo para Ciegos de Howe), a individuos con deficiencias (Itard), a la distinción entre locos y delincuentes con tratamiento moral (Pinel).

A partir de 1870 hasta la mitad del siglo XX, se da un retroceso moral y social en relación a la discapacidad; entra de nuevo un periodo de dificultades, de exclusión y de segregación. En esta etapa, las expectativas de total curación se reducen y llega, en consecuencia, la idea de permanencia de los usuarios en los centros indefinidamente, para toda la vida. El desencanto del poder de curación de los sujetos hace volver otra vez la situación negativa de segregar a los afectados del mundo externo. Sin embargo, aparece un nuevo concepto al que antes no se hacía alusión: la genética. Al evolucionar la historia, surgen autores nuevos que interpretan la vida de una determinada manera. Y en este caso influyó Darwin con la selección natural. Las leyes de la genética se hacen patentes y cobran fuerza, llegando a nacer una nueva perspectiva que percibe la discapacidad como una deficiencia y malformación biológica que no debería propagarse. Así surge el concepto de eugenesia por Galton. La eugenesia es una aplicación de las leyes biológicas de la herencia genética que, mediante manipulaciones por el ser humano, permite influir en el perfeccionamiento de una especie. Galton relaciona herencia genética con inteligencia, por tanto la inteligencia viene determinada por la genética. Si la genética no es óptima y no permite una adaptación a un medio específico común compartido por diferentes seres vivos, sería necesario, según este autor, poner en marcha procesos eugenésicos que garanticen la mejora y la consiguiente adaptación al medio. Este tipo de ideología social y biológica discípula de Darwin, tuvo una gran acogida y desató la alarma social por lo que, como consecuencia, se llegaron a poner en marcha leyes de esterilización para todas aquellas personas con algún tipo de deficiencia cognitiva, y sumado a ello, la segregación como solución ante la amenaza que podía ser la convivencia con personas con diversidad funcional. Las instituciones escolares también estuvieron bajo influencia de este fenómeno, y el estilo relacional que adoptaron fue de un carácter separatista y socialmente clasista: procesos de clasificación separando a los usuarios con “problemas”, procedimientos de etiquetaje a personas con alguna diversidad, desarrollo de pruebas de inteligencia, etc.
Pero, a partir de mediados del siglo XX, comienza a nacer una nueva perspectiva que vela por las condiciones de vida de todos los ciudadanos, que garantiza los derechos y condena la segregación. Se da apoyo y tratamiento a las víctimas de la II Guerra Mundial; se declaran los derechos civiles de las personas de raza negra; aparecen teorías psicológicas ambientalistas; se critican las instituciones y métodos degenerados de fases anteriores; nace la idea del Estado de Bienestar llevándose a cabo gracias a la declaración universal de derechos humanos; y se desarrollas políticas de integración escolar… En definitiva, durante este período se dan todas aquellas medidas que no separen, sino que integren a las personas garantizando derechos y bases sólidas de calidad de vida.
3. Modelos comprensivos de la discapacidad
En el ámbito de la discapacidad, existen dos paradigmas comprensivos relevantes:
El paradigma de la rehabilitación define la discapacidad como la falta de destrezas, como deficiencia, esto es, destaca la inexistencia de aspectos psicofuncionales en la personas y, por tanto, ve déficits de funcionamiento. Su focalización está centrada en el individuo, no tiene en cuenta en absoluto la influencia del medio ecológico en el que la persona habita, se desarrolla y se desenvuelve. Busca soluciones de recuperación en ayudas profesionales, la figura del profesional es la protagonista y la que cobra importancia para la mejora del individuo. Es la persona que toma el control de la intervención. La persona a la que se asiste, toma el papel de paciente, un nivel más distante, más frío entre profesional y sujeto. Su finalidad es alcanzar las máximas destrezas por parte del usuario.
Por otro lado, tenemos la perspectiva de la autonomía personal. Este paradigma define la discapacidad como un factor que recae más en los aspectos sociales del entorno, en las barreras sociales y en la marginación. Su focalización está centrada en el entorno y también en las intervenciones profesionales, pero no en el individuo. Las soluciones para favorecer la integración del individuo en la sociedad son: ayudar a la autodeterminación, la eliminación de barreras y ofrecer una autoayuda. El participante se ve como un consumidor, como un cliente que tiene servicios a su disposición. El individuo es el que tiene el control y el protagonismo de la intervención. Los resultados que se esperan son el logro de la autonomía personal y el control de la propia vida.
4. Sistemas tradicionales: CIF y CIDDM
Los modelos clásicos de intervención en Educación Especial, han recibido numerosas críticas debido a la insuficiencia del modelo médico de la OMS, y a las limitaciones de las vías tradicionales.
Este modelo no se adaptaba a las situaciones de los individuos de una forma correcta. El paradigma era de un esquema simplista: existencia de enfermedad, se diagnostica y se realiza su tratamiento; todo ello, sin tener en cuenta las variables sociales que influían en el proceso, ni las necesidades educativas, ni las repercusiones de las enfermedades en el individuo. La consideración de diagnóstico era insuficiente para abarcar todos los elementos esenciales del concepto de salud.
Así que, se vio la necesidad de superar y mejorar las clasificaciones tradicionales, y de crear un marco complejo y multidimensional de ordenar las dificultades que experimentaban los individuos. Por tanto, para superar estas adversidades, dos de las clasificaciones que la OMS desarrolló para ello fueron:
- La Clasificación Internacional de Discapacidad, de Deficiencia y Minusvalía (CIDDM) que surge a finales del siglo XX, en el año, 1980.
- La Clasificación Internacional del Funcionamiento (CIF) que surge a inicios del siglo XXI, en 2001.
La CIDDM: Clasificación Internacional de Deficiencia, Discapacidad y Minusvalía
Teniendo en cuenta los niveles de funcionamiento de las personas (función corporal, actividad personal y participación social) la CIDDM crea un marco teórico en el que distingue deficiencia, discapacidad y minusvalía relacionándolo con los niveles de funcionamiento.
Esta teoría afirma que, tras una enfermedad:
- si afecta al funcionamiento corporal, se habla de deficiencia.
- si afecta a la actividad personal (limitación de actividad), se habla de discapacidad.
- si restringe la participación social, se habla de minusvalía (connotación social de poca o nula validez).
La CIDDM modificó la manera de considerar las discapacidades, las personas con discapacidad, y el entorno que las envuelve; así como la política social, la planificación y la gestión que hasta ahora había resultado tan deficitaria. Además, fue esta clasificación la que adoptó e incorporó el concepto de minusvalía referente a roles sociales en cuanto a desventaja social de personas con discapacidad.
En 1993, la CIDDM empieza un proceso de revisión e instaura en su marco teórico unos nuevos objetivos:
a) Aplicar el modelo biopsicosocial de Discapacidad.
b) Introducir el concepto de Universalidad para la Discapacidad.
c) Enfatizar los elementos positivos, no estigmatizantes.
d) Establecer un lenguaje común de aplicación universal.
La CIF: Clasificación Internacional del Funcionamiento, Discapacidad y Salud
La Clasificación Internacional del Funcionamiento, Discapacidad y Salud (2001) integra una nueva estructura organizativa encaminada a lograr una mejor comprensión. Esta incluye tres conceptos: funcionamiento, discapacidad y salud.
- El término funcionamiento alude a un término neutro, objetivo que no implica unas consecuencias; simplemente integra la función corporal, la actividad y la participación.
- El vocablo discapacidad ya abarca un poco más allá refiriéndose a deficiencia del funcionamiento corporal, a limitaciones de actividad y a la restricción de la participación.
- El concepto salud atañe a la concepción de que la CIF también se engloba en un marco que evalúa la salud.
Además, evoluciona hasta un punto de considerar los factores ecológicos o ambientales como influencia hacia la función corporal, las actividades y la participación. Estos factores contextuales se dividen en tecnologías y arquitectura; apoyos y relaciones; políticas, servicios y sistemas; actitudes; y entorno natural.
En definitiva, la CIF abarca todos los aspectos de la salud y otros aspectos relevantes del Bienestar, por lo que ha pasado de ser una Clasificación de las Consecuencias de las Enfermedades a una Clasificación de los Componentes de la Salud.
5. Marco comprensivo
Por tanto, desde la Educación Social, creamos un marco comprensivo para la realidad con la que convivimos. Este marco nos va a permitir orientarnos hacia a aquellos aspectos de nuestro contexto para darles una respuesta razonable y óptima:
- La discapacidad es resultado de la interacción entre una persona o un grupo de individuos dentro de un contexto, de un sistema social intolerante con esa situación.
- La discapacidad aparece como una etiqueta cultural.
- Las prácticas sociales y educativas deben estar dirigidas hacia los principios de normalización, integración, participación, autodeterminación y calidad de vida.
- No es correcto la visión individual respecto a la discapacidad, se debe encaminar hacia una visión ecocéntrica.
- Resulta fundamental para el desarrollo y la superación realizar un análisis de los entornos para saber en qué medida inciden en su funcionamiento.
- Adaptar y hacer accesibles los diferentes entornos.
- Apariciones de nuevas demandas y necesidades.
- Prestar apoyos sociales.
Tenemos una concepción frente a este ámbito bastante negativa que resalta de sobremanera aquello que nos distancia, cuando, en realidad, las personas con discapacidad se parecen más al resto de la población de los que se diferencian. De hecho, uno de los cambios esenciales está en reconocer que nuestro entorno social y arquitectónico es una cuestión más importante que la propia discapacidad, ya que es uno de los factores más influyentes para crear capacidad o incapacidad. Los servicios son mejores cuando responden a necesidades especiales, y sin un apoyo especial muchos sujetos no podrían disfrutar de las oportunidades que nos ofrece nuestro entorno.
Por eso, es necesaria la elaboración de unos principios básicos de actuación que marquen pautas de intervención socioeducativa dirigidas hacia la integración, la inclusión, la autodeterminación y participación, y la calidad de vida:
a) Principio de Integración-Inclusión
Cuando hablamos de integración, hablamos de encontrar en el contexto un espacio adecuado para la persona en riesgo o situación de exclusión por parte del entorno. Esto supone desarrollar la vida en comunidad utilizando, en la medida de lo posible, los mismos servicios que el resto de la población y optando por aquellos que menos restrinjan o limiten la interacción entre los el individuo y la comunidad.
Sin embargo, es preferible avanzar unos pasos más hasta dar con la inclusión del individuo en la sociedad. Ésta supera la idea de integración, esto es, no se trata tanto de integrar a alguien sino de la respuesta del contexto que construya un espacio donde todos podemos convivir a través de la eliminación de barreras físicas y sociales. Además, como prioridad tiene el establecimiento de una amplia gama de relaciones que deben ser frecuentes, positivas, con personas diferentes y en calidad de igualdad. Por tanto, su foco de actuación se centra en el entorno y no tanto en el individuo.
b) Principio de Normalización
El principio de normalización no es más que una guía que facilita los cambios hacia la normalidad destacando tres focos de actuación: la persona, los profesionales y los servicios, y la sociedad y la opinión pública. Este principio sugiere que tanto servicios como profesionales deben minimizar las diferencias percibidas en las personas con deficiencia intelectual de manera que se rompa formación de de percepciones negativas al apreciar esas diferencias. La discapacidad se encuentra en los ojos del que observa.
Se trata de una situación que reclama igualdad entre los ciudadanos, que proclama el derecho a la no diferencia, a aparecer ante la sociedad con características normativas que eviten su evaluación y su segregación; pero que también debe remarcar su punto de diferencia, de manera que se puedan adoptar servicios acorde a las necesidades y características especiales.
En definitiva, se trata de la existencia y la interacción de unos elementos claves para darse una situación de normalización o de valorización del rol social.
c) Principio de Participación-Autodeterminación
Se ha requerido y visto la necesidad de que el principio de participación y de autodeterminación se vea reflejado en las decisiones y el funcionamiento de los servicios de la comunidad en todos los niveles posibles: políticas sociales, asociaciones, en la participación, en organizaciones de autodefensa, en los programas educativos y los proyectos vitales.
La autodeterminación implica la capacidad que un individuo tiene de dirigir o gestionar su vida, de tomar decisiones, de valerse por sí mismo, y de elegir un camino. Se trata de un elemento muy relevante para la calidad de vida, ya que entre sus componentes se encuentran: elección y toma de decisiones, estables y lograr unas metas personales, resolver problemas, locus interno de control, autodefensa, autoevaluación, autocrítica y autorrefuerzo.
La participación, a su vez, incide en la propia interacción entre persona-entorno, y entorno-persona bajo una serie de valores y actitudes positivas fuera de prejuicios y estereotipos, que faciliten los principios de integración e inclusión. La adquisición de destrezas que permite una participación en el entorno es un factor clave para el desarrollo personal y también comunitario. La adaptación individualizada es un agente indispensable cuando hablamos de participación, ya que permite el ejercicio de la misma adecuándose a las necesidades y características del sujeto.
d) Principio de Calidad de Vida
La calidad de vida se trata de un concepto que no es fácil de definir puesto que, para cada persona, es diferente, no es universal ni vale para todo el mundo de la misma manera. En nuestro contexto ha sido asumido como una misión esencial de las organizaciones políticas, hijas del Estado del Bienestar.
Este concepto tiene dos vertientes: la vertiente objetiva y la subjetiva; esto es, incorpora elementos de subjetividad individual y aspectos de consenso interobjetivo sobre las cualidades de la vida humana.
- La vertiente objetiva hace referencia a la posesión o tenencia de todos aquellos elementos tangibles para el ser humano que le aseguren que sus necesidades básicas (alimento, protección, abrigo, vivienda, trabajo) estén cubiertas.
- La vertiente subjetiva se refiere a "la percepción personal de la situación en la vida, dentro del contexto cultural y de valores en que vive, y en relación con sus objetivos, expectativas, valores e intereses" (OMS, 1994). Es es el tipo de vida deseado por cada uno de los ciudadanos, definido dentro del marco de valores y recursos de su comunidad.
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