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La dulce y tierna infancia

sábado 24 de octubre de 2009

La infancia, divina etapa para explorar, aprender, descubrir, jugar, investigar, disfrutar... Un niño es un ser en desarrollo, en crecimiento que a raíz de su conducta natural y guiada por un adulto, madura y aprende, disfruta y juega. Es una etapa que si se da bajo una perspectiva educativa positiva nos permite vivir el futuro de una manera plena. Esto no quiere decir que se viva sin preocupaciones o sin adversidades, pero sí con los pilares fuertes y robustos para superarlas.

El periodo de la niñez es para muchos autores la etapa por excelencia, en la que se almacenan todas las herramientas y todas las experiencias base. Todos los episodios vividos por la persona, en edad infantil, serán gravados a fuego en su pequeña psique con una intensidad asombrosa. Hay que tener en cuenta que para un niño todo es nuevo, emocionante, magnífico; y las sensaciones que el entorno le genera son miles de veces más intensas que las primeras experiencias de un adulto. En base a ello, a todas las experiencias vitales vividas, irá construyendo su propia personalidad, irá desarrollando las relaciones sociales e irá evolucionando su campo emocional. Si hemos conseguido que la base de la casa sea sólida y fuerte, podremos ir construyendo las paredes sin miedo a que se nos caigan encima.

Sin embargo, dejando a un lado la perspectiva más puramente psicológica, también es necesario e imprescindible que a lo largo del ensayo compenetremos esa parte más científica con esa más humana. La buena experiencia vital de un niño no tiene que ir enfocada exclusivamente hacia caminos que conlleven el buen desarrollo personal o social para que en un futuro le permita desarrollar buenas defensas, de forma que eviten caídas hacia depresiones, hacia una baja autoestima, hacia infelicidades... que también. A nuestros hijos o a nuestros niños hay que hacerles vivir cosas preciosas, no sólo para que de mayores tengan mayor autoestima o seguridad, sino porque les queremos, porque son personas con derechos y porque se merecen disfrutar y ser felices.

Porque son nuestros niños.

Como adultos, nos olvidamos de que seguimos siendo niños y, en ocasiones, erróneamente exigimos al pequeño que se comporte como adulto cuando no lo es y ni tiene por qué serlo. No respetamos su tiempo ni sus características evolutivas y, ocasionalmente, caemos en errores estrepitosos y dañinos para el menor. Por ejemplo, pongamos el caso de un hombre de cuarenta años. Este hombre tiene de infantil, de niño de diez años una cuarta parte de su total, es decir, un 25% de esta persona. Este hombre, hasta ahora, en sus cuarenta años, lleva por defecto los diez años que vivió y que siempre le acompañarán hasta el final de sus días. Sin embargo, un niño de diez años no lleva en su recorrido vital a un humano de cuarenta. Todavía eso no lo ha vivido ni lo tiene por qué vivir.

No le toca.

Muchos padres desean que sus hijos triunfen en todo, que logren aquello que ellos no pudieron y que lleguen a ser alguien en la vida. Son sentimientos que son comprensibles puesto que siempre queremos lo mejor para nuestros hijos, que tengan una vida sana, larga y feliz. Sin embargo, muchas veces eliminamos la parte que corresponde a la felicidad y el bienestar, y nos obsesionamos tanto con que nuestros hijos sean el número uno, que pasamos al esfuerzo, el sacrificio, el trabajo y, nos olvidamos del ocio, la diversión, el juego, la alegría, el descanso. En estos momentos, no es que nos olvidemos de la persona, la cruda realidad es que la convertimos en máquina.

En nuestras sociedades modernas, la necesidad de crecer, de madurar, de seguir los pasos adultos, de ser útil para nuestra sociedad, de la preparación académica y cultural para unas exigencias laborales futuras, la importancia del trabajo como fuente de independencia, etc. están fervientemente subyacentes y enraizadas en nuestras mentes, e influyen de sobremanera en la forma de ver la vida adulta y en la conformación de nuevos valores. A menudo, bajo este tipo de filosofía de vida, los adultos comentemos estrictamente un error antinatural y muy perjudicial tanto en la vida personal como en el ámbito social del niño. Y es que, el adulto, desconociendo las características psicológicas, físicas, sociales, cognitivas y afectivas del menor, convierte al niño en un humano adulto creyéndose con el derecho hacerlo y pensando que el menor lo asimila perfectamente. Es decir, al niño se le exige que sea adulto. Y el adulto, forzado hasta el convencimiento, se frustra.

Podemos ver que en muchas ocasiones que hay padres y madres les dicen a sus hijos pequeños: "la vida no está hecha para que te apetezca, no es diversión; es esfuerzo y trabajo duro. Si no te entra esto en la cabeza, nunca serás nada en la vida".

Este tipo de actitudes rígidas, inhumanas, sin un atisbo de sensibilidad ni de inteligencia son muy frecuentes en nuestras sociedades. Los problemas que aquí surgen, traen consigo consecuencias bastante negativas para el desarrollo del niño, así como su emotividad y su estado psicológico, hasta su adolescencia, una etapa crítica. Esta parte visible de un estilo educativo autoritario, trae consigo algunas consecuencias fatales para nuestros más pequeños: baja autoestima, falta de seguridad en uno mismo, escasa motivación ante cualquier ámbito de la vida, incapacidad para enfrentarse ante las adversidades que puedan surgir, o mala relación con los progenitores entre otras.

Por tanto, desde la educación social o cualquier ámbito educativo, es precisa la formación o el conocimiento básico de las características del menor y de ciertas habilidades que debemos poner en práctica para el bienestar propio y ajeno. Tenemos, por tanto, que respetar el crecimiento y desarrollo del niño mediante unas habilidades, valores y actitudes democráticas que permitan aprender y disfrutar de la vida. Esto es aplicable tanto a padres, profesores o los propios educadores para resultar ser buenos guías tanto en el desarrollo cognitivo, afectivo y social, y así conseguir formar a personas seguras, inteligentes, sensibles, empáticas, con elevada autoestima, con personalidades fuertes. Pero, lo más importante, llegar a formar personas felices.

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"Normal, es el que es como yo"

sábado 24 de enero de 2009

La realidad de la discapacidad, no se trata como un tema cotidiano, natural. Puede ser porque todos buscamos de una manera u otra la normalidad y vemos que en las personas que sufren algún que otro tipo de discapacidad “no lo son”. ¿Pero buscamos la normalidad o quizás la perfección? Si buscamos la normalidad, ¿qué es lo normal? Y si buscamos la perfección, a parte que estaríamos buscando en vano, ¿qué sería lo perfecto?

La gente que es normal es aquella que, en general, se parece a nosotros, y bajo esta esta visión, predomina un egocentrismo bastante acentuado. Para hablar de normalidad, debemos especificar y ampararnos en cuatro variables: estadística, psicológica, social o jurídica.

Por otro lado, también hemos podido oír, en determinadas ocasiones, a los propios niños calificarse a sí mismos y definiéndose con rasgos que en su entorno no son bien recibidos o son poco corrientes estadísticamente hablando. Llevar aparato, llevar gafas, ser hijo único, tener pecas… ¿Qué está sucediendo en las sociedades occidentales? ¿Estamos llevando este asunto de ser normal o perfecto tan lejos que hasta nuestros más pequeños se pregunten o cuestionen sobre su aspecto cuando tendrían que estar jugando, leyendo tebeos, ojeando libros o cuentos, viendo películas infantiles con un bigote blanco de leche? Muy graves tiene que ser nuestros miedos y concepciones de discapacidades o de aspectos no normales para que llegue a las mentes de los niños. A lo mejor aparentamos la cara de “naturalidad” frente a la discapacidad pero resulta que sólo es eso, fachada.

Las barreras arquitectónicas resultan ser otro problema o asunto que empezara a modificar en las sociedades. Éstas impiden la vida cotidiana o no permiten la facilidad para vivir de una persona con alguna discapacidad, pues, al igual que para los zurdos, el mundo está hecho para los diestros. Además, la sociedad responde ante esto de fachada: empatiza poco. Si una persona con problemas de movilidad articular tiene problemas para abrir unos grifos que se han hecho pensando en personas con movilidad, se focaliza el problema en aquélla y se considera que no sabe y que debe aprender a adaptarse a lo que es común de todos y no al revés.

Además, la sociedad adopta una postura bastante paterno-filial con respecto a personas con alguna discapacidad. Con nuestros actos caritativos originados por la lástima, la tristeza o la pena, damos sin pensar que el crecimiento y la maduración y el sentimiento de capacidad para hacer algo residen en todas las personas, tanto en las que tienen un ojo como en las que tienen dos. Se crea una masa dependiente que no beneficia en absoluto pues, de esta manera, es cuando realmente ayuda a cultivarse una invalidez y una pasividad notable. 

¿Y, qué tal si empezamos a ver que detrás de los ojos que ya no ven, que encima de la silla de ruedas, que escondido tras los sonidos guturales de un niño, que al lado del oído que ya no puede escuchar… habitan personas? Que nos daríamos cuenta de que todos somos normales.  

Cuando nos relacionamos con nuestro entorno, con nuestros amigos, con nuestros padres, nuestra pareja, nuestros hijos o nuestros compañeros de trabajo, a menudo esperamos de ellos unas actitudes determinadas y nos formamos unas expectativas claras que esperamos que cumplan. Y así se lo transmitimos. Les comunicamos en situaciones cotidianas las esperanzas que depositamos y tenemos sobre ellos que, muy probablemente, se conviertan en realidad. Y con el ámbito de la discapacidad, ocurre lo mismo. 

En una persona con ceguera se ponen unas expectativas, en una persona con disfuncionalidad cognitiva se ponen otras, en la persona con inmovilidad motriz de caderas hacia abajo ponemos otras. Además, la etiqueta social, guarda un mensaje claro en una persona son discapacidad: “No tengo, solamente soy”. Es decir, no tengo ceguera, soy ciego. En estos momentos, rebajamos toda la complejidad de un sujeto a una situación; esto es, convertimos a toda una persona en una parte que la caracteriza, una pequeña característica pasa a ser la persona entera.

Estas expectativas no hacen su recorrido en el día a día en solitario, siempre van acompañadas de sentimientos sensaciones que, posteriormente, guiarán la conducta humana. Sabiendo que la cómoda tendencia natural del humano es sentir y luego guiar su comportamiento, una persona que sienta lástima o repulsión ante una situación de discapacidad, probablemente, se comporte acorde a sus sentimientos. Este es el nido donde se cultivan los prejuicios yestereotipos nocivos, a raíz de conductas guiadas por sentimientos negativos. Ya, la etiqueta, no es un simple nombre inocente para denominar una situación; la etiqueta es ahora un nombre acompañado de sensaciones o sentimientos perniciosos que guiarán las actitudes de aquellos que lo sienten, y actuarán en consecuencia, transmitiendo a la persona con ceguera su disgusto o su lástima. 

Este comportamiento manifiesta una actitud negativa, de reproche, de insatisfacción, de desmotivación, e incluso de ataque. El emisor transmite que no está a gusto con el otro, que algo de su situación personal le molesta, que puede llegar a irritarle, que le sanciona o le juzga. Y el receptor, ante esto, reacciona de diversas formas. Pero todas ellas negativas. Se puede sentir dolido, triste, desmotivado, atacado, herido, injustamente tratado e irrespetado. El receptor corre el peligro de acabar creyéndose lo que el emisor le transmite, sobre todo, si este último representa una figura digna de admiración y respeto. Por tanto, es preciso mantenernos alerta y tener cuidado en nuestras ideas y nuestras relaciones sociales pues, sin quererlo, podemos estar dañando una de las zonas más delicadas y vitales del ámbito afectivo y del campo emocional del ser humano: la dignidad

Parece que las personas no somos conscientes de que la situación de discapacidad es una realidad accidental e inevitable frente a la que todos somos vulnerables. La naturaleza se manifiesta de diversas formas biológicas, y la fragilidad física del cuerpo humano, ante una circunstancia, puede derivar en un cambio fisiológico o anatómico al que nos tengamos queadaptar. De esta manera, al igual que en otros círculos vitales, se producen cambios fisiológicos en nuestras vidas con los que debemos ir avanzando. 

La naturaleza nos puede dotar sin globos oculares, pero como buena madre que es, nos otorga a cambio un gran sentido del olfato o del tacto. El ser humano, percibe situaciones de discapacidadcomo acontecimientos catastróficos y caóticos a los que sólo podemos dar respuesta con lástima o con repulsión, llegando a darse situaciones de exclusión social. No vemos este tema como unaspecto natural que sucede de manera innata desde el nacimiento o de manera accidental debido a la fragilidad de la composición física y química del cuerpo. La mayoría los percibimos como una faena, una situación lamentable en la que nunca desearíamos estar envueltos. 

Pero en realidad, todo tiene doble cara:

Ellos, valientes, viven lo que otros temen afrontar.

Posted by Ava Green at 15:32 1 comments Links to this post  
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